Todavía no conozco esa sensación plena de saberme parte de la vida de alguien, de ser irreemplazable. Nunca me han dedicado canciones como si yo fuera lo más maravilloso de su mundo. No se han detenido a escucharme, a descubrirme a través de la mirada, a conocer al hombre en el que me convierto cuando me quedo callado. No se han inspirado en mí al punto de entregarlo todo por verme feliz, ni me han contemplado como si mi existencia fuese un milagro. Nunca nadie ha deseado estar conmigo, perderse a mi lado, protagonizar escenas de romance y locura, crear un plan de vida, proyectarse un futuro. Nadie me ha besado como intentando saborearme el alma, nadie me ha abrazado deseando que el tiempo se detenga, ni ha tenido miedo de perderme. Nadie ha pensado en la suerte que tiene por haberme encontrado, nadie me ha dicho que no hay nada de malo en mí, que así con mis heridas soy perfecto, que soy suficiente. Porque tal vez estoy hecho para amar hasta vaciarme el alma, hasta quedarme sin fuerzas, y ver cómo se marchan con todo lo que entrego sin condiciones. Tal vez simplemente me toca ser ese espectador que pasa desapercibido, y no he querido aceptarlo, por pensar que yo también podía alcanzar esa felicidad plena que llena el corazón y dota de sentido a esta existencia que a veces tiende a ser banal y vacía. Tal vez simplemente debo acostumbrarme a la idea de que esa felicidad sólo existe para otros, que no me la merezco.

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